

Datos del Autor: Ps. Paolo Antonio Castillo Mendizábal (C.Ps.C. N°62446, ORCID ID: 0009-0003-1104-7058) Psicólogo peruano especializado en psicología criminal y clínica, con una destacada trayectoria académica. Contacto: +51962707026. Ver Más
Hay personas que viven atrapadas en una conversación interna que no descansa. Pensamientos que se anticipan, que dudan, que imaginan escenarios negativos, que revisan una y otra vez lo que podría salir mal. No siempre son pensamientos dramáticos; a veces son sutiles, insistentes, agotadores. La mente no se detiene, y con ella tampoco lo hace el cuerpo ni la emoción.
La ansiedad no siempre aparece como un ataque intenso. En muchas vidas se manifiesta como una forma de estar en el mundo: alerta constante, preocupación anticipada, dificultad para confiar en que las cosas pueden fluir sin controlarlas todo el tiempo. Vivir así desgasta. Y cuando ese desgaste se prolonga, aparece la sensación de estar siendo dirigido por el miedo más que por el deseo.
Este texto no está escrito para enseñarte a “controlar” tu mente ni para decirte que dejes de pensar. Tampoco para corregirte o exigirte calma. Está aquí para acompañarte a comprender qué ocurre cuando la ansiedad toma la palabra y cómo, poco a poco, es posible dejar de vivir bajo su dominio sin entrar en una guerra interna.
La mente ansiosa no es tu enemiga
Uno de los mayores sufrimientos que genera la ansiedad es la pelea constante con los propios pensamientos. Muchas personas sienten que su mente es el problema, que algo en ellas funciona mal por pensar tanto, por preocuparse demasiado, por no poder “apagar” lo que sienten.
Sin embargo, la mente ansiosa no surge de la nada. Es una mente que aprendió a proteger, a anticiparse, a estar atenta. En algún momento de la vida, pensar de más fue una forma de cuidado. El problema aparece cuando esa estrategia se vuelve permanente y deja de distinguir entre peligro real y miedo imaginado.
Cuando tratamos a la ansiedad como un enemigo, la fortalecemos. Luchar contra ella suele aumentar la tensión interna, porque el miedo no se calma con violencia. Comprender esto no elimina la ansiedad de inmediato, pero cambia la relación con ella. Y ese cambio ya es un alivio.
Cuando los pensamientos se sienten más reales que la vida
La ansiedad tiene una forma particular de apropiarse de la experiencia: hace que lo que aún no ocurre se sienta más real que lo que está pasando ahora. La mente se adelanta, imagina, interpreta, concluye. Y el cuerpo responde como si ese futuro temido ya estuviera sucediendo.
En ese estado, resulta muy difícil tomar decisiones con calma. Las elecciones dejan de surgir desde lo que uno quiere y empiezan a surgir desde lo que uno teme. No se actúa para vivir, sino para evitar sufrir. Poco a poco, la vida se achica.
Esta forma de vivir no es una elección consciente. Es una respuesta aprendida. Y como toda respuesta aprendida, puede ser revisada con cuidado, sin culpa ni exigencia.
El cansancio de estar siempre alerta
Vivir con ansiedad sostenida es vivir en un estado de vigilancia permanente. El cuerpo rara vez descansa del todo. Incluso en momentos tranquilos, hay una sensación de inquietud de fondo, como si algo malo pudiera ocurrir en cualquier instante.
Este estado prolongado genera un cansancio profundo, no solo físico, sino emocional y existencial. Muchas personas no se sienten tristes, pero sí agotadas. No se sienten desesperadas, pero sí vacías. La ansiedad constante consume energía vital.
Reconocer este cansancio no es rendirse. Es una forma de honestidad. Nadie puede vivir indefinidamente en alerta sin pagar un precio interno.
La influencia de las expectativas y el miedo a fallar
La ansiedad suele alimentarse de expectativas muy altas, muchas veces invisibles. Expectativas de hacerlo bien, de no equivocarse, de no decepcionar, de tener todo bajo control. Cuando estas exigencias se vuelven internas, la mente se convierte en un juez severo.
El miedo a fallar no siempre se manifiesta como terror abierto. A veces aparece como duda constante, como dificultad para decidir, como necesidad de revisar todo una y otra vez. En el fondo, hay una pregunta silenciosa: ¿y si no soy suficiente?
Esta pregunta no nace de la ansiedad; la ansiedad se organiza alrededor de ella. Por eso, trabajar la relación con los pensamientos ansiosos implica también revisar la relación con uno mismo.
Pensar no es lo mismo que obedecer
Una de las comprensiones más liberadoras es descubrir que no todo pensamiento necesita ser seguido. Pensar algo no lo convierte en verdad ni en mandato. La mente produce ideas de manera constante, pero no todas merecen dirigir la vida.
Muchas personas creen que reducir la ansiedad implica dejar de pensar. Eso suele ser frustrante e imposible. Otra posibilidad, más humana, es aprender a escuchar la mente sin entregarle el control absoluto.
Viktor Frankl hablaba del espacio entre el estímulo y la respuesta, un espacio donde reside la libertad humana. Ese espacio no elimina la ansiedad, pero permite no actuar automáticamente desde ella.
La ansiedad como señal, no como condena
La ansiedad también puede ser entendida como una señal. No una señal de peligro externo, sino de un desequilibrio interno. Puede indicar que estamos viviendo más desde la obligación que desde el deseo, más desde el miedo que desde la autenticidad.
Escuchar la ansiedad no significa obedecerla. Significa preguntarse qué necesita ser atendido en la vida emocional, qué límites están siendo sobrepasados, qué aspectos de uno mismo están siendo ignorados.
Rollo May decía que la ansiedad aparece cuando algo importante para la persona está en juego. Vista así, no es solo un síntoma molesto, sino una expresión de sensibilidad.
Reducir la influencia de la ansiedad sin forzarse
No se trata de eliminar la ansiedad, sino de reducir su poder de decisión. Esto no ocurre de golpe ni por imposición. Ocurre cuando uno empieza a crear una relación más amable con su mundo interno.
A veces, esto implica permitirse sentir ansiedad sin entrar en pánico por sentirla. Otras veces, implica bajar el ritmo, escuchar el cuerpo, cuestionar exigencias internas que ya no son sostenibles. Pequeños cambios en la forma de escucharse pueden generar grandes diferencias en cómo se vive.
Nada de esto es una técnica ni una receta. Es un proceso personal, gradual, profundamente humano.
Palabras de alivio para quien vive con ansiedad
Si sientes que la ansiedad dirige tu vida, quiero decirte algo con claridad: no estás roto. No eres débil. No estás fallando. Estás respondiendo a la vida con las herramientas que aprendiste.
La ansiedad no define quién eres. Es una experiencia, no tu identidad. Y aunque ahora se sienta dominante, no tiene por qué gobernar toda tu existencia.
No necesitas convertirte en otra persona para vivir con más calma. Tal vez solo necesitas dejar de exigirte tanto y empezar a tratarte con más comprensión.
Conclusión: vivir sin que el miedo decida por nosotros
Aprender a no vivir influenciados por la ansiedad no significa vivir sin miedo. Significa no permitir que el miedo sea el único criterio para decidir, sentir o actuar. Significa recuperar, poco a poco, la capacidad de habitar la vida con mayor presencia.
Este camino no es lineal ni rápido. Tiene avances y retrocesos. Pero cada gesto de comprensión hacia uno mismo debilita el dominio de la ansiedad y fortalece algo más profundo: la confianza en la propia capacidad de atravesar la experiencia humana.
No estás solo en este proceso. Y no tienes que resolverlo todo hoy.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
- Frankl, V. E. El hombre en busca de sentido. Herder.
- May, R. El descubrimiento del ser. Paidós.
- Yalom, I. Mirar al sol. Emecé.
- Rogers, C. El proceso de convertirse en persona. Paidós.
- Kierkegaard, S. El concepto de la angustia. Alianza.




